Hay, sin embargo, entre los muchos amigos que me han visitado este tiempo uno que me ha hecho mucha ilusión. Es una de esas personas bisagras de las vidas que vivimos. Yo soy lo que soy gracias a él. Sin su presencia en mi barrio, y en mi parroquia, ella habría recorrido otro sendenro. Seguro.
Es José María de Lara. Llegó como diácono a mi parroquia. Estuvo un año. Pero a partir de ahí no deje de estar en contacto con él.. Inició el Movimiento Junior. Y en él me enrolé en cuanto pudo gracias a unos jóvenes, Diego Ledesma y Antonio Gamiz, que siguieron dándole vida a ese movimiento de niños. Cómo influyó ello en mi vida es determinando, pues viví desde él y "para" él. Era una forma distinta y concreta de seguir a Jesús y de concebir la Iglesia. Era fruto de las nuevas orientaciones del Concilio Vaticano II, tan claravidente en la manera de concebir la fe, y por tanto de la Iglesia, como descafeinado en su aplicación durante el pontificado más largo en la historia de la Iglesia del siglo XX. Algo que hemos palpado más tarde, y en contra de parte de la misma Iglesia, durante el del Papa Francisco.
Vive en Granada. Su sobrina y su familia es amiga mía y vive en un pueblo de al lado: Cazalla de la Sierra. Y me gustó mucho pasar con él unas horas. Hacía casi treinta años que no lo veía. Al encontrarnos parecía que nos habíamos visto ayer. Es amistad, es vínculo, es cariño, es admiración, es agradecimiento. ¡Gracias José María!
¡Hasta la próxima, primero Dios!



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