Durante estos días de septiembre, a pesar del calor extremo que hemos tenido, he disfrutado bastante en mi casa de San Nicolar. En la imagen un tomate del tipo corazón de buey que es que he sembrado en mi pequeño, diminuto, huerto. Me hizo sonreir cuando, entre los que cogía, apareció este con una carita que me decía que lo arrancara ya. El huerto me ocupa relativamene poco tiempo una vez plantado. Más me ocupan las macetas. Todo los días disfruto cuidando el jardín, quitando flores marchitas, cambiar plantas, regarlas. Eso, tan simple, me llena de paz. Disfruto de las terrazas en ese momento que lo hago.
Preparar el jacuzzi es algo casi diario. hay que pasr el limpia fondo y rellenarlo. Hay que atender que esté lo suficientemente caliente, poniendo la bomba de calor antes de que llegen los invitados. Quitar las hojas y los insectos que se encuentran en él.
En fin eso es casi diario. Otra cosa es el mantenimiento que realizo según la estación: pintando paredes y barandas, barnizando los bancos, podando los árboles o preparando la tierra para volver a sembrar.
Nunca fui un manita. Nunca he estado cecano de las cosas del campo. Nunca he hecho nada de lo que ahora es mi tarea diaria. Considero que he encontrado en estas tareas reducir el estrés y mejorar mi estado de ánimo, actuando como terapia natural.
Pienso que la jardinería ayuda a mi salud física, ya que implica una actividad moderada, que a veces me parece bastante, y me aporta una satisfacción añadida al ver crecer las plantas. Y en ese sentido también me aporta vivir y sentir el silencio, poder meditar, ser agradecido y contemplar y meditar desde ello.
Vivir en San Nicolás, sobre todo en verano, es una vivencia muy especial, ya que el pueblo se llena de vida.
¡Hasta la próxima, primero Dios!






