Esta semana es la Feria de Abril en Sevilla. Es una de las fiestas más hermosas de la ciudad. Se realiza en un espacio propio que durante el año permanece vacío. Allí se instala toda una ciudad efímera con una gran cantidad, mil cincuenta y dos, de casetas.

La caseta es el punto de reunión de familias y amigos, allí se come y bebe. La caseta es el alma de la feria. Es donde se realiza la convivencia, donde se baila y canta. También están las calles por donde se realiza el tradicional paseo de caballos, y se encuentra la iluminación típica tanto sobre las calles como sobre las aceras, los célebres farolillos. Como sevillano fui a la feria desde chiquitito. ¡Herencia familiar! Y continuo yendo. Dicho esto quiero subir esta crónica para expresar algunos momentos importante que viví ayer. Me reuní con mis amigos Manolo y Fátima, Silve y Paco con su hija y sobrina. Más tarde se añadió Antonio.
En un momento, en la caseta de Ybarra, me sentí mal. Parece que fue otra bajada de tensión. Me senté, más tarde lo hice fuera de la caseta con la ayuda inestimable de Marta Erola, la guardia de seguridad que controla el acceso a la misma. Me sacó una silla, cosa difícil en ese momento pues estaba llena la caseta y estaban todas ocupadas. Se preocupó de cómo estaba, me dejó un abanico, me dió vasos de Coca Cola, quería secarme la frente... ¡Qué calidad de persona! ¡Gente buena de las que está llena el mundo! En la media hora que estaría sentado se acercaba a mí en todo momento. Al volver a la caseta nos dimos una abrazo sensacional. Siempre con una sonrisa maravillosa. Pasado unos días volví a verla para hacerme la foto con ella.
Al salir encontramos una pareja riñiendo. Como la calle estaba llenísima de gente, pasamos muy cerca de ellos. Y ella me mira y me dice; "¡Me está riñiendo!" Los miré y me dirigí a ellos diciéndoles: "¿Os queréis?" y ellos me dijeron que sí, pero de una manera normal, sin sentirse ofendidos por meterme en sus asuntos. Y continué diciéndoles que en dos personas que se aman no debe haber riñas de uno a otro. Debe haber diálogo, se hablan los problemas, pero desde el cariño que es incompatible con los gritos. Se miraron, se abrazaron y se despidieron con una sonrisa hablando entre ellos. Cuando me encontré con mis amigos les dije que les había dado un cursillo prematrimonial en plena feria.
Al instante un muchacho de dieciocho años, que iba junto a nosotros, al acercarse a la acera mete el pie en el agua que quedaba cerca del bordillo despues de que hubiera rociado el suelo la empresa de limpieza. Su zapato se había manchado. El chaval se inclina sobre mí jurando en hebreo. Yo lo rodeo con mi brazo para que no se cayera. Él me mira y me hace una expresión de fastidio. Yo le digo: "Estamos en la feria. ¡No te enfades! ¡Qué todo lo que te pase en la vida sea eso!" Me sonrió y se despidió con un saludo con el brazo.
Cuando volvimos a la caseta de Ybarra me encontré con un gran grupo de jóvenes de Madrid. Hablé con algunos de los muchachos un buen tiempo. Me acuerdo de tres nombres: Gabi, Juan y Jacobo. Encuentro muy agradable.
Estando hablando con ellos viene una muchacha al grupito, me la presentan y ella me abraza. Le pregunté si también era de Madrid y noto que está algo bebida. Se me queda abrazada un tiempo y se va. Entonces le agarro y le dije al oído: "¡No bebas más!" Ella me miró y asintío. ¡Uno no puede dejar de ser como es, ni en la feria!
La fería es un lugar de encuentro, de alegría, de pasarlo bien comiendo, bebiendo, bailando, paseando, de charlar... con amigos, con amigos de amigos, con familiares, incluso con gente que no conoces de nada. Es un buen momento para la fiesta.
¡Hasta la próxima, primero Dios!
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