lunes, 9 de febrero de 2026

Mi compañera de playa

Había decidido esta mañana pasear por la orilla del mar. Otro día lo había realizado por la tarde. Además de retirarme del frío otoñal, estar aquí podrá servirme para obtener vitamina B.
Paseando por la playa observo, relativamente cerca, un ave. Ni muy grande, ni muy chica. No sé distinguir qué tipos era. Tampoco sé el tiempo que estaba allí. 
Iba por delante mía. Me acercaba a ella y seguía andando hacia delante. Observe que ella dejaba que me acercara, pero no mucho. Yo iba más cerca de la arena, ella metida entre las olas, cuando éstas van perdiendo su nombre al desaparecer en la tierra. Ella iba andando, como yo. A veces casi me ponía casi a su par, andando los dos paralelamente. Yo le iba haciendo fotos.
Y volaba hacia delante a una distancia  no muy lejana. Yo iba andando y ella se quedaba parada o andaba más despacio, de tal manera que lograba otra vez alcanzarla. 
Y otra vez se repetía lo anterior. Al alcanzarla, yo por la arena y ella por el agua, volvía a remontar el vuelo para alejarse en el sentido de mi marcha. Así hasta tres veces.
La cuarta vez, al dejar de volar, no se posó sobre el agua sino en la arena. Se puso perpendicular al mar. Y esperó. Cuando me acerqué voló tierra dentro.
Conforme me iba dándome cuenta de ello, iba pensando; ¿Cuántas veces puede suceder que no nos demos cuentas de situaciones parecidas con los que nos rodean? Aquellos que van a nuestro lados, que desean nuestra compañía, que nos esperan, que quieren hacerse visibles y a los cuales no les atendemos porque no somos consciente de ello, porque vamos a lo nuestro. Quizás las prisas, nuestros pensamientos o los propios intereses, no nos posibilitan estar atentos a tantas gentes que pasan a nuestro lado y los ignoramos. Más silencio interior, una observación de lo que pasa a nuestro alrededor y abrirnos a los que nos rodean podría ayudarnos a encontranos a los otros.

¡Hasta la próxima, primero Dios!



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